Día 21

Aranda de Duero, 24 de junio 1993

Estimado Virgilio, esta mañana pinté el pozo de un blanco festivo. Esta tarde lo quiero mostrar a Vd. y al público. Al pintar, me dí cuenta de que este sería mi último día en su terreno: una brecha en la hilera de casas. Una cavidad que he considerado durante veinte y un días como mi estudio de trabajo. Un puerto franco para gato vagabundo, espina de pescado y botella de cerveza (vacía). No precisamente un lugar que invita a una estancia tan larga. El número de la casa desaparecida ya podría haber dado lugar a sospechas: 13.

Y sin embargo: La fortuna guió mi mano al trazar el círculo dentro del cual se desarrolló la excavación. Tanto la cantidad como la calidad de los objetos desenterrados han asombrado a los escépticos. Le debo mucho a la tierra de Vd. y a la larga serie de habitantes que a lo largo de los siglos dejaron atrás pruebas de su existencia. Que no quepa duda de que yo he sabido valorar debidamente este gesto generoso de un pasado remoto.

Dejo atrás el pozo en la suposición de que una pequeña columna de agua del cielo de vez en cuando se abrirá paso por el tubo para unirse con agua subterránea, cuyo nivel limita y cierra de manera inigualable y perfecta la parte inferior de mi obra. Estoy seguro de que el agua subterránea se alzará, en forma de vapor, durante los días infernales, para, en la vastedad del mundo, mezclarse y condensar en el agua de la superficie.

Algo parecido también les deseo a los habitantes de Aranda.

A las 18:00 horas me encuentro en la biblioteca para depositar los hallazgos en sus sitios predeterminados dentro de la vitrina.

A las 19:45 suspendo de un cable de acero la sonda en la penumbra del pozo, a -315 centímetros.

Arnold Schalks, la sonda

A las 20:00 horas brindo con Vd. por el resurgir después de un descenso, y así sello la amistad que hemos concluido, más allá del lenguaje: por el arte.

Hasta siempre, Virgilio Casado Hernando!

Atentamente, Arnold Schalks.