Día 8

Aranda de Duero, 11 de junio 1993

Estimado Virgilio, con la sensación insatisfecha de tener pronto que apartar de vista algo que, en mi opinión, demasiado pocos han podido ver, empecé entre dudas el día con los preparativos para cegar el pozo. El primer empalme del tubo de plástico lo emplacé en el pozo perpendicularmente. Instalé el tamiz. Este consiste de una placa de hierro perforada, sujetada por dos vigas colocadas por encima del hoyo. Pasar la tierra por el tamiz no resultó difícil, no hubo problemas, pero el control final no reveló hallazgos espectaculares: por lo visto la primera inspección había sido suficientemente cuidadosa.

Disciplinadamente, sin empujar, su tierra filtrada fue cayendo hacia atrás en la oscuridad de toda tierra. De vez en cuando interrumpía el filtraje para arropar bien el pasado, repisar fuertemente la tierra en el hoyo. Noté que mi presencia, gracias a la elevación de mi posicion de trabajo, poco a poco iba siendo reintroducida al escrutinio público.

Arnold Schalks

Cuando el nivel del hoyo había subido a un nivel de -100 centímetros, me agaché para investigar por tercera vez las capas de tierra todavía descubiertas: varios artefactos se dejaban ver, invitándome a investigar. De rodillas cogí la paleta que tenía detrás mío para volver a probar suerte. Cerámica más grande y más completa fue mi recompensa, y la carne alrededor de mis huesos encontró hueso tras hueso que en otros tiempos estuvo rodeado de carnes.

El riesgo de derrumbamiento me desanimó a añadir un paso a nivel subterráneo más en el subsuelo carcomido y rico en bodegas de su Aranda.

Atentamente, Arnold Schalks.